← Volver
Mundo

Del lujo al refugio: cómo un campo de golf se convierte en salvación tras los terremotos en Venezuela

La devastación sísmica en La Guaira transformó un símbolo de opulencia en centro de ayuda humanitaria para miles de damnificados.

Por Redacción 2026-06-28 Fuente: BBC Mundo 0 vistas ⏱ calculando…
Del lujo al refugio: cómo un campo de golf se convierte en salvación tras los terremotos en Venezuela

Imagen: BBC Mundo

Lo esencial

  • Un campo de golf de lujo en La Guaira, antes refugio de la élite venezolana, ahora alberga a miles de damnificados por terremotos devastadores
  • Los seísmos causaron decenas de edificios derrumbados, cientos de muertes y miles de desaparecidos en la región costera
  • La sociedad civil coordinó la transformación del club privado en centro de acogida improvisado con tiendas, alimentos y atención médica básica

Un campo de golf que alguna vez fue sinónimo de exclusividad y riqueza en La Guaira, Venezuela, ha experimentado una transformación dramática tras una serie de terremotos que han arrasado con la región. Lo que fue un enclave turístico de lujo, donde se reunía la élite del país, ahora funciona como refugio improvisado para miles de personas que lo perdieron todo en la catástrofe natural. Este cambio de propósito refleja no solo la magnitud del desastre, sino también la capacidad de adaptación y solidaridad de una sociedad civil que intenta sobrevivir ante la devastación.

La Guaira, ubicada en la costa norte de Venezuela a apenas 40 kilómetros de Caracas, ha sido históricamente un destino privilegiado para el turismo y recreación de las clases altas del país. El campo de golf que ahora sirve como refugio era un testimonio viviente de la prosperidad que caracterizó a Venezuela durante décadas, especialmente en el siglo XX cuando sus ingresos petroleros posicionaban al país como una de las economías más dinámicas de América Latina. Generaciones de empresarios, políticos y figuras públicas disfrutaban de sus instalaciones, torneos y servicios de clase mundial, consolidando su reputación como un lugar casi inaccesible para la mayoría de la población.

La Catástrofe: Terremotos que Cambiaron Todo

Los terremotos que azotaron la región dejaron un saldo de devastación sin precedentes. Decenas de edificios colapsaron en La Guaira, sepultando a cientos de personas bajo los escombros y dejando a miles desaparecidas según reportes de organismos humanitarios. Las estructuras que resistieron quedaron severamente dañadas, con grietas profundas que comprometieron su seguridad estructural. La infraestructura de servicios básicos también fue destruida: líneas de agua rotas, electricidad cortada, vías de acceso bloqueadas y comunicaciones interrumpidas. La catástrofe no solo causó muerte y destrucción material, sino que generó una crisis humanitaria inmediata con miles de personas sin hogar, sin acceso a agua potable, alimentos o atención médica.

Las autoridades locales, desbordadas por la magnitud del desastre, fueron incapaces de responder de inmediato a las necesidades de la población. Los refugios tradicionales del gobierno resultaron insuficientes, y fue entonces cuando la sociedad civil comenzó a buscar alternativas. Es en este contexto desesperado donde el campo de golf adquiere una nueva significación: sus amplios terrenos, espacios abiertos y algunas instalaciones aún funcionales lo hacen idóneo para albergar a damnificados. Lo que fue un símbolo de exclusividad se convirtió, por necesidad y generosidad, en un espacio de acogida colectiva.

De la Opulencia a la Solidaridad: Un Refugio Improvisado

El proceso de transformación del campo de golf fue rápido pero complejo. Organizaciones no gubernamentales, voluntarios locales y algunos funcionarios públicos coordinaron esfuerzos para habilitar el espacio. Se instalaron carpas y estructuras temporales para albergar a familias completas. Se organizaron sistemas de distribución de alimentos donados, se establecieron puntos de atención médica básica y se crearon áreas para que los niños pudieran estar bajo supervisión. Aunque las condiciones son precarias comparadas con los servicios que alguna vez ofreció, representan la diferencia entre tener un techo y dormir a la intemperie para miles de personas.

La ironía de esta situación no es pérdida en nadie. Muchos de los refugiados nunca podrían haber pisado este exclusivo club antes del terremoto. Ahora comparten espacio en sus mismos terrenos, unificados por la tragedia. Algunos voluntarios que trabajan en el refugio son residentes locales que perdieron sus casas. Otros provienen de zonas más alejadas que vinieron a ayudar. Empresas privadas han donado suministros, y ciudadanos sin recursos materiales aportan su tiempo y esfuerzo. Este panorama muestra cómo las catástrofes naturales pueden derribar barreras sociales, aunque sea temporalmente, forzando a una sociedad fragmentada a encontrar puntos de encuentro en la solidaridad.

La proyección futura del campo de golf y del proceso de reconstrucción de La Guaira sigue siendo incierta. Mientras continúan llegando réplicas sísmicas que mantienen a la población en alerta, la tarea de atender a miles de damnificados persiste. Los expertos advierten que la reconstrucción será un proceso largo y costoso, que requiere inversión sostenida y cooperación internacional. El campo de golf podría servir como refugio durante meses o incluso años, dependiendo del tiempo que tarde la población en reconstruir sus hogares. Esta transformación involuntaria de un símbolo de lujo en instrumento de supervivencia colectiva es un recordatorio poderoso de cómo las prioridades humanas pueden cambiar radicalmente cuando enfrentamos eventos que nos igualan a todos ante la naturaleza.